martes, 25 de agosto de 2009

Hoy por la mañana

Me levanté alrededor de las 7.15 con el sueño aún despierto en mi cabeza (motivo por el cual apenas podía abrir los ojos) y me encerré en el baño como es costumbre de todos los días. Mi cara parecía ser la misma, mi pelo aunque alborotado era el mismo de ayer, mis manos aún tenían el aspecto esquelético que suelen tener siempre y mi reacción al tocar el agua helada fue la misma que desde que tengo uso de razón. La micro me recibió sin contratiempos, con la mano sucia del chofer y los 10 pesos que desaparecen en el acto (para beneficio del chofer). Yo me dirigí con paso lento e inseguro hacia mi asiento habitual, ocupado esta vez por una mujer de entre 40 y 50 años, por lo que me dispuse a ocupar el asiento del otro extremo. Desperté cuando algunos extraños subían al bus en un paradero y me volví a dormir. Talcahuano es una ciudad interesante, con sus calles angostas y gente extraña, un puerto de verdad que se quedó de pronto en el olvido. Yo por mi parte, con los ojos entreabiertos me encaminé hacía la alcaldía. Al pasar frente a algunas vitrinas, note que mi reflejo seguía siendo el mismo de ayer, incluso hasta casi con la misma ropa, un aspecto de joven sin edad exacta, de baja estatura y contextura física delgada, moreno y con un aire perdido, casi misterioso y bastante invisible. Decidí luego de llegar a destino que me sentaría en algún lugar poco interesante a fumar y pensar un poco (actividad recurrente por estos lados) y comencé a repasar asuntos vagos y poco importantes. Pensé en mi día, en los libros, en una mujer y la soledad que acechaba sombría mi figura. Pensé en un lugar distinto, en pinturas y en frases para escribir, en mi futuro vago, lleno de expectativas y sobrevaloradas concepciones de mí. Caminé. Huí. Me ví parado frente a las ruínas, motivo de mi viaje hacia ese extraño puerto y traté de descifrar lo que había adentro.
Vidrios rotos mugrientos, haciéndose figura con el abismo interior de la ruina (con algunas tablas y más suciedades entremedio) se convirtieron en un fotograma hiptnótico, que me mantuvo parado mirando casi 10 minutos. Recordé la ultima vez que estuve ahí, las tablas y el polvo seguían siendo los mismos, los rayados y la vereda de 1 metro y medio seguía siendo la misma. ¿Por qué habría yo de cambiar? Recordé que el aire nos mata cada segundo y deseé poder ser consciente de mis respiros. Un suspiro me va a matar antes de tiempo, pensé. Luego me dirigí calle abajo, crucé la callecita inmunda, contemplé las expresiones de algunos vendedores de pescado y pensé que ellos seguirían siendo los mismos, al igual que el cielo nublado y los respiros asesinos. Acto seguido, tomé otro bus y me quede dormido, esperando mi futuro inmediato.

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