viernes, 27 de febrero de 2009

10.30 am del martes 3 de febrero.
El bus partió justo a la hora, una mañana nublada en la ciudad y yo rumbo a la carretera. Las nubes me acompañaron durante una hora aproximadamente, luego me percaté que el sol se asomaba, al llegar a una de tantas escalas en mi viaje. Mi rumbo, Valdivia. Los humedales seguían ahí y a eso de las 5 pm llegué a destino, zapatillas blancas, un bolso, cigarros y yo sentado con un calor sonriente en el terminal de buses. Sería una noche con 2 de mis mejores amigos para luego partir al destino definitivo, allá donde hace bastante tiempo esperaba volver. Fue una buena noche, algo de carrete que terminó con un vaso en la mano, risas y conversación a orillas del Calle Calle. Al día siguiente estaría un poco mas cerca y lo sabía, el pecho se me oprimía de a poco cada hora que pasaba.




Tal como es el sur, un día de sol puede seguir fácilmente de una lluvia sorpresiva y ese miércoles viajaba junto a Pairo rumbo al puerto de mi adolescencia, era como si el sur me recibiera con llanto por la alegría, un llanto torrencial que me llegó a sorprender al ya haber llegado a destino, mirando por la ventana de la casa de mi amigo mientras esperaba al día siguiente. Para ese momento aún estaba lejos, sin querer mi mente estaba puesta en Chiloé pero sabía que no sería por mucho. Puerto Montt había cambiado después de 4 años, algunas cosas para mejor y otras no tanto, los murales que contaban la historia de la ciudad ya eran casi incomprensibles, signo del paso del tiempo. La casa de otras amigas serían mi hogar definitivo durante el tiempo que permaneciera ahí, tanto tiempo sin verlas y parecía que había sido ayer. Por la tarde de ese jueves bajamos al centro y nos juntamos con algunos de los Zetas y comenzamos la tarde-noche en el Q-bar, terminando en uno de los tantos pubs cheleros que hay en Puerto. Esa noche terminaría siendo madrugada escuchando Silvio con un ron y jugo, escuchando buena música y harta conversación junto a la Nico. Ya era 6 de febrero.

El almuerzo estaba rico pero comí poco, tenía un nudo en el estómago como nunca había tenido y el colectivo lo tomé casi por inercia. La noche anterior un mensaje había dejado todo listo y yo estaba cada segundo mas cerca, "juntemonos en la ex escuela de cultura" y yo ya estaba dando vuelta a la esquina, tan shockeado iba que casi me atropeya un colectivo de Mirasol. Me dió calor de lo pavo y por la verguenza. Llegué y no había nadie, si no llegaba sería un silencioso y bochornoso desencanto. Maldito sol y maldita botella de agua que tenía entre las manos, millones de maldiciones por segundo y de pronto una carita conocida en la esquina.