El anochecer es el mejor momento para escuchar bossa ahí atrás, en el patio, mirando el cielo cambiar de tonos y suspirar de vez en cuando. Es casi como volver a sentir esa brisa cálida de otros lugares, guitarras entregadas a la noche que de a poco llega con tormentas eléctricas en el horizonte, allá muy lejos donde un pequeño banco de nubes se empecina en matizar mi paisaje a muchos kilómetros de distancia.
Si tan solo en ese momento, cuando parecía el tiempo detenerse, hubiera sentido todo lo que siento hoy, seguro que de alguna manera habría llevado allá un trocito de esta tierra, o mejor dicho, de esa tierra poblada de árboles lluviosos y olor a madera mojada, de volcanes blancos y un verde eterno que descubro solo hoy, a sólo semanas de un reencuentro con una parte de mí que solo conozco por el susurro de la brisa en mi ventana o mensajes en ese aparatito que provocan montones de instantes previos a una sonrisa.
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